martes, 12 de agosto de 2008

A veces el café y la cerveza saben más amargos… o no saben todo


El segundo café, la tercera cerveza…10 cigarros él, la mitad yo. ‘Hoy me sabe más amargo el trago’, pensaba, mientras le echaba una cucharadita más a la bebida oscura, una cucharadita con ganas de dulzura (necesaria) y el clásico temor de engordar.
Mientras conversábamos no pude evitar preguntarme : ¿siempre queda un resto de todo?. No lo veía hace un poco más de dos años y verlo había despertado las sensaciones dormidas, las emociones ahogadas, las mismas de siempre, las que siempre existieron y las que jamás revelé. ( ¿o si?).
Seguía casi igual, su lánguida silueta, peculiar forma de tomar el cigarrillo, sonrisa inimitablemente intimidante. Pausa, y otra pausa en su guión. Pero sobre todo, lo que yo sentía seguía casi igual. Casi igual.
Siempre estuve segura de muchas cosas, que no siempre dije. Y el tiempo sólo se había encargado de hacer su rol, el mismo rol de todos los tiempos y de todo el mundo…

Era un deleite olerlo mientras su voz iba y venía en un discurso típico de afrancesado atorrante. ‘¿y me confirmas que los metros apestan a ala?...’ y reía, yo reía, él reía… ‘peor que combi chola’, me dijo. Reí más.
Mientras que me contaba sus aventuras y encuentros, viajes pintorescos, con el típico vicio de parecer ser ‘el dueño de lo imposible’, pensé y le dije: ‘Eres un alienado… ¡sí lo eres!’. En el fondo sabía que no lo era, y por último no me jodía que lo sea, de hecho confieso: siempre lo fue.
Mis aventuras y desventuras se habían reducido a salir con un acasillerado (pero apuesto) ‘hombre de negocios’. ‘Todo bien, salimos cada fin de semana y viajamos cada mes al norte… ¡ah! La vez pasada fuimos a Buenos Aires… ¡me encantó!’. Sonriendo, sabía simular conformidad (no conformismo) con mi situación emocional de turno, sólo para entretener mis sentidos, aunque sí confieso… mediocremente.

Eran la quinta o sexta cerveza, para mí, para él. No recuerdo, sexta o séptima.
‘¿Vamos?’
‘OK’
Sabíamos a dónde.

Volvíamos a ser cómplices. Cómplices de no sé que mierda. Juntos, sabiendo y no sabiendo. Pensando o no. Juntos.
Cuando sentí sus dedos rozando mi mejilla, lo supe de verdad…: si a veces el café o la cerveza saben amargo, sólo hay una forma de endulzarlas…
Llegamos. Alquilando un espacio para amar. Alquilando un lecho para sentirme – otra vez – libre, libre de sentir lo que siempre traté de denominar lo que no era.
Eran nuevamente sus besos, cada movimiento me humedecía, ‘Quítamelo después, sólo bésame’, murmuré. Necesitaba esos besos infinitos; infinitos para un coito final, pero infinitos. Lo soñé, lo imaginé, lo reemplacé mentalmente en tanto tiempo mientras lo hacía con otro y otro. Y hoy lo tenía. Me poseía. Me quitaba el aliento y me lo daba.
Estábamos viajando, pasajeros de la incertidumbre, viajando en el tiempo, entre la distancia navegada, en el vacío y cruzando el puente. Otra vez en el puente.
Era intensa cada palabra, ‘sabes que me encanta que me lo digas’… ‘sigue’.

Con su esencia derramada en mi espalda (o más abajo), justo en ese instante (y en ese lugar) me respondí: ‘siempre queda un resto de todo.’
No fue el fin, fue sólo la continuación de lo siempre pendiente, de mi cuento sin fin, de mi mierda con su mierda, de la única forma absurda de sentir lo más puro que había sentido en toda mi vida.

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