jueves, 21 de agosto de 2008

Las mentiras más grandes

'¿Algo te pasa?'
‘No’.
Apenas pude pronunciar la negativa.
Apenas pude pronunciar palabra alguna.
Típico monosílabo para las siempre interrogantes.
‘No’: la mentira más grande.
La palabra más corta, pero la más falsa. Porque la verdad era: ‘Sí, sí suceden muchas cosas…’. Pero el ‘sí’ siempre me anudaba la garganta.

'¿Estás bien?'
‘Sí…’
Mentí para no esperar consuelo.
Mentí para simular estar bien.
No sé llevar la máscara: ‘no estoy bien’.

Si y no : verdad… ambigüedad y claridad.
Sí, algo pasa…
No, no estoy bien…

Pero puedo mentir con las palabras más cortas, más simples…
Las mentiras más grandes tienen dos letras.

miércoles, 20 de agosto de 2008

Entre el sueño y tu voz

Es difícil recibir llamadas mientras descansa mi mente, mientras disfruto el sueño, mientras acurruco mi cuerpo en posición fetal. Pero tengo mi excepción. Ayer tu llamada me permitió entrar por mis sueños por la ventana, y dejar la ventana abierta; abierta para siempre ver el arcoiris, o la luna; abierta para que entre la lluvia de vez en cuando. Abierta para que en algún momento yo pueda escapar.
Llevabas unas onzas y media de alcohol en tu prosa… quizás tu aliento estaba ensombrecido con el humo del cigarrillo. Y en tu izquierda el teléfono.
‘¿Por qué te llamo?’…
Mi siempre respuesta : 'No lo sé'.
Pasaban los minutos entre hablar y reir, estabas andando solo y llegaste a casa. Te acompañé, desde el taxi hasta tu lecho.
No estaba en medianoche, no estaba en cama. Estaba en el paseo de tu voz embriagándome de reir de las cosas que repetías.
‘Hey, ya es tarde… estás cansado y yo también, ya: ¡a dormir!’.
Sí cansada, cansada de no tener más cerca tu voz.
Te colgué, mientras volvía a mi posición… tibia, colgándome del árbol más lejano, para soñar de nuevo.
Hasta mañana.

martes, 12 de agosto de 2008

Del anonimato para ti querido (1)


Si supieras toda la verdad, seguro no estarías completo, o estarías completamente hecho mierda. O quizás serías un sabio y no un mediocre asesino de fantasía y realidad.
Hoy, si estoy o no feliz, te interesa; te interesa mucho más de cuando tú estabas cerca. Te interesa, porque sobre todo, te interesa que no lo sea. Te quieres enterar de cada cosa que hago, te quieres enterar con quién ando, con quién me quedo, con quién me divierto quizás; pero no tienes idea de qué es lo que realmente te debes enterar.
Agradezco las circunstancias propiciadas por los pretextos geniales de las desgracias. Uno: separarme de ti. Dos: conocer lo mejor.

Porque querido, pronto confirmé que no sólo las lágrimas son saladas. Y que si son saladas, hace falta ponerle el resto de sabores. Tenía la amargura dejada por ti, le agregué la acidez necesaria y excitante; y de la dulzura se encargó él. Ponerle el agridulce al plato, no costó mucho; pero ¡vaya que gustó!
Cuatro sabores y algo de picante pasión. ¿Cinco sabores? Cinco sentidos. Cinco sentidos y toda la piel.
Porque mientras tú andabas en vulgar y mezquino querer; yo probaba una y otra vez el sabor divinamente láctico de sólo uno.
Qué puedo hacer…: agradecerte. Seguro sí. ¡Gracias!. Gracias por tus malos pasos, tus decisiones abruptas y equívocas, por tu mal gusto, tus caricias y besos inexistentes al amar (¿amar?) y tu pésima forma de hacer el amor.

Quizás porque eres clásico, jamás imaginarás lo no convencional.
Sé lo primero que dirás (¿lo dices?), P-U-T-A. La puta que esperaba más de la persona inadecuada, más del infértil espíritu… más nada. Y nada había en ti. Me lo confirmas: ‘SÍ’.

No te equivocaste. Sabes que yo me equivoqué. Y yo no sabía que me había equivocado hasta ver quebrado la donación de colores en madera al amor.

Vuelvo al inicio. Si supieras toda la verdad…

Simplemente suerte mi querido, suerte de esta puta que conoció lo mejor entre la mierda, que conoció los sabores en una paleta de colores claros, que repasa y repasa caricias de besos en cada pliegue...caricias ajenas a ti, caricias que me dan vida.
Suerte desde mi más sincero cariño, acurrucada en él.

A veces el café y la cerveza saben más amargos… o no saben todo


El segundo café, la tercera cerveza…10 cigarros él, la mitad yo. ‘Hoy me sabe más amargo el trago’, pensaba, mientras le echaba una cucharadita más a la bebida oscura, una cucharadita con ganas de dulzura (necesaria) y el clásico temor de engordar.
Mientras conversábamos no pude evitar preguntarme : ¿siempre queda un resto de todo?. No lo veía hace un poco más de dos años y verlo había despertado las sensaciones dormidas, las emociones ahogadas, las mismas de siempre, las que siempre existieron y las que jamás revelé. ( ¿o si?).
Seguía casi igual, su lánguida silueta, peculiar forma de tomar el cigarrillo, sonrisa inimitablemente intimidante. Pausa, y otra pausa en su guión. Pero sobre todo, lo que yo sentía seguía casi igual. Casi igual.
Siempre estuve segura de muchas cosas, que no siempre dije. Y el tiempo sólo se había encargado de hacer su rol, el mismo rol de todos los tiempos y de todo el mundo…

Era un deleite olerlo mientras su voz iba y venía en un discurso típico de afrancesado atorrante. ‘¿y me confirmas que los metros apestan a ala?...’ y reía, yo reía, él reía… ‘peor que combi chola’, me dijo. Reí más.
Mientras que me contaba sus aventuras y encuentros, viajes pintorescos, con el típico vicio de parecer ser ‘el dueño de lo imposible’, pensé y le dije: ‘Eres un alienado… ¡sí lo eres!’. En el fondo sabía que no lo era, y por último no me jodía que lo sea, de hecho confieso: siempre lo fue.
Mis aventuras y desventuras se habían reducido a salir con un acasillerado (pero apuesto) ‘hombre de negocios’. ‘Todo bien, salimos cada fin de semana y viajamos cada mes al norte… ¡ah! La vez pasada fuimos a Buenos Aires… ¡me encantó!’. Sonriendo, sabía simular conformidad (no conformismo) con mi situación emocional de turno, sólo para entretener mis sentidos, aunque sí confieso… mediocremente.

Eran la quinta o sexta cerveza, para mí, para él. No recuerdo, sexta o séptima.
‘¿Vamos?’
‘OK’
Sabíamos a dónde.

Volvíamos a ser cómplices. Cómplices de no sé que mierda. Juntos, sabiendo y no sabiendo. Pensando o no. Juntos.
Cuando sentí sus dedos rozando mi mejilla, lo supe de verdad…: si a veces el café o la cerveza saben amargo, sólo hay una forma de endulzarlas…
Llegamos. Alquilando un espacio para amar. Alquilando un lecho para sentirme – otra vez – libre, libre de sentir lo que siempre traté de denominar lo que no era.
Eran nuevamente sus besos, cada movimiento me humedecía, ‘Quítamelo después, sólo bésame’, murmuré. Necesitaba esos besos infinitos; infinitos para un coito final, pero infinitos. Lo soñé, lo imaginé, lo reemplacé mentalmente en tanto tiempo mientras lo hacía con otro y otro. Y hoy lo tenía. Me poseía. Me quitaba el aliento y me lo daba.
Estábamos viajando, pasajeros de la incertidumbre, viajando en el tiempo, entre la distancia navegada, en el vacío y cruzando el puente. Otra vez en el puente.
Era intensa cada palabra, ‘sabes que me encanta que me lo digas’… ‘sigue’.

Con su esencia derramada en mi espalda (o más abajo), justo en ese instante (y en ese lugar) me respondí: ‘siempre queda un resto de todo.’
No fue el fin, fue sólo la continuación de lo siempre pendiente, de mi cuento sin fin, de mi mierda con su mierda, de la única forma absurda de sentir lo más puro que había sentido en toda mi vida.