domingo, 7 de septiembre de 2008

Ya no quiero ser la protagonista del libro


Se lo dije… ‘ya no deseo más, bórrame de la historia’, le insistí.

Era Ramón, mi amigo entonces, estaba escribiendo un libro. Y ‘Mariel’, su silenciosa protagonista era el reflejo de mi interior, de mis represiones, de mis decepciones… Eso me había hecho creer él.‘Y entonces, ella voltea, le dice que lo ama, y se aleja… ella se aleja sin llorar…’, entusiasta me lo decía. ‘Ya calla, ¿OK?’, le dije.‘¡No…! entonces él sólo toma el libro y sube a aquel tren, era otoño, hacía mucho frío , el lucía un abrigo de piel y estaba con sombrero’… ¡lo decía con tal vehemencia!

‘Ya basta Ramón’

Lo conocí, hace dos años cuando me mudé a Burdeos, para escapar de algunas sombras. Recuerdo que el primer día que nos vimos dialogamos de amor, o algo parecido.Él estaba entonces con una sueca loca que lo hacía sufrir, peor que Cristo en la cruz. Era un calvario. Pero él como fiel católico respondía a los desaires de la muchacha, que se la mamaba como él decía ‘¡Molto dolce!'. Y así es como se llamaba el libro que pretendía ser un bestseller. Eso también me había hecho creer él. 'Molto dolce', aquel libro en el que me retrataba, en el que Mariel, era una eterna enamorada de Sebastián, muchacho al que inventó para ella, porque jamás lo tuvo en el mundo real.

Un día tomando el café, el clásico ‘café de los miércoles a las 6’, en el Café Crème. ‘Eres la nena más maravillosa’, pronunció entre cigarro y cigarro, mientras le traían el más dulce bavaroise de fresones del mundo. ‘Eres la nena que todo hombre inteligente y de plena sensibilidad, quisiera tener para toda la vida… eres la puta y la mujer ideal.’ El humo lo hacía ver especial, cómo salido de la más tierna historia fantástica, de mi más favorita novela de las nubes. Y lo aseguro, no sólo por sus adulaciones. Por algún momento lo deseaba tanto a Ramón. En verdad lo deseaba. Y sobre todo aquellos miércoles unos minutos antes de las 9 pm, mientras me daba el abrazo fuerte e infinito dejándome en casa.

Pero interrumpí aquel vespertino deseo, diciéndole a la pelirroja mesera, que nos miraba siempre con complicidad,…‘s'il te plaît…cannelés’. Eran mis cannelés, no tan dulces como el postre de fresones, pero sí precisos para mis labios que querían algo más que aquellos postrecillos de acanelado aroma.‘¿Recuerdas cómo sucedió aquello esa noche? Cuando esa zorra me había abandonado una vez más, cuando ya el alcohol no me sabía adormecer, cuando ya mi piel transpiraba el humo de los mil cigarros que me acompañaron esa tarde, después que lo vi con el hipócrita respingado de su amigo. Justo en ese momento te vi aparecer, como un ángel, eras un ángel… Eres un ángel. ¿Cómo no vivo una vida entera contigo, si eres un ángel?’. Yo lo sabía escuchar, no era la primera vez, y sabía escuchar a Ramón como siempre lo quise, sabía escuchar a Ramón porque me hacía recordar el amor que siempre tenía albergando en el rincón más caluroso de mí, pero ese amor no era de Ramón, no era para Ramón…

‘Sí, si recuerdo, fue maravilloso, lo sé. Y las siguientes también’.

Con Ramón hacíamos el amor… y sí literalmente lo hacíamos. No existía ser en la tierra con quien pueda hacer el amor como con él. Eso yo lo sabía. Eso él lo sabía. Pero yo era un ángel. Y él el mío.

Manteníamos aquella relación en el plano más lejano.

‘¿Qué vas a hacer más tarde?... ¿pensar en él?... ¿pensar en que te llamará una vez más, y sólo para decirte en su tono estúpido, que te quiere mucho; y que su hijita te adora y pregunta por ti?... ¿en qué dulce castañita? Dime, ¿cómo lo soñarás hoy? ¿Desnudo o con abrigo y sombrero?’. Odiaba eso. Odiaba que tenga que nombrarlo en sus preguntas… Y odiaba por eso que lo nombre ‘Sebastián’ en esas páginas que elaboraba para su siguiente publicación. Lucirán mil historias de ‘Mariel y Sebastián’ por doquier. Esas lejanas noches ( y despertares) en que yo sabía que lo amaba y en que respiraba de sus brazos su perfume de musk. Esas palabras, esas miradas, esas caricias. Todo eso en el Mollat Libraire, en el Shakespeare & Co., en París… y hasta en el Crisol en el Perú.

‘No, no soñaré nada, apuesto melenudo. Nada’. Ya mis sueños no desean más abrirse, ya no deseo más. Y le dije, ‘Me afecta lo del libro, ¿sabes?... Muchísimo. Yo sé que él lo leerá. Sé que le apasionan tus libros - mentira, siempre los criticaba -, y lo leerá. No quiero saber lo que sentiré en ese momento. No quiero pensarlo. Me da terror. Y luego volver a verlo…’.‘Sabes que yo siempre pienso en que estés bien. No podría permitir que mi ángel se sienta mal. Tú me cuidas. Yo te cuido. Pero esto es necesario, y debes confiar en mí. Además será sólo un libro. Y te prometo que dejaré que lo revises antes de enviarlo al editor. D' accord?’, con su sonrisa escondida en los bigotes algo crecidos…su confianza era única. Y yo le tenía una confianza única. Ramón no se equivocaba. Era un libro, sólo un libro con la más romántica y esfumada ficción.

Lo que pasaba es que temía algo especialmente.‘Ramón, temo el fin que le pongas a la novela’, le dije con cruda voz.

‘El fin… vaya… el fin. ¿En verdad quieres un final? Yo no lo creo. Déjamelo a mí, linda; verás que te gustará.’‘¿Vamos ya?, mañana tu jefa la flaca garzuda no te tolerará una tardanza.Fuimos caminando por la rue St. Catherine, ‘No sé qué sería de mí y mi soledad acá tan lejos de casa. No sé cómo sería todo, sin ti’, me dijo convencido y tomándome de la mano, conduciéndome a sus delgados brazos, apretándome contra su pecho, con toda su tibieza; acercándome a su siempre deseado cuerpo y a su aliento gris.

Llegamos. ‘Chau Ramón, anda descansa, hoy fue un día largo… ¿Mañana me invitas al cine?... Quiero ver aquella de Guillermo del Toro en el Jean Vigo. Dime ¿me invitas?’, con suplicante y pícara sonrisa mirando sus achinados ojos de amargo café. ‘Siempre y cuando mademoiselle, que Ud. se encargue del vino y el cariño. Con eso, te doy el mundo… lo sabes.’, lo recitaba con su peculiar acento siciliano y como la más incitante y apasionada prosa. ‘Es un trato entonces, caballero’, mientras me volteaba y subía a casa. ‘Descansa linda, y no dejes de soñar, que no serías la misma’. Un ‘sí’ y un suspiro; y cerré mi puerta.

Otra vez mi cabello suelto, mis pies descalzos para dormir, y mis sábanas blancas esperándome, para cobijarme en el más inquietante sueño de aquel miércoles. En mi historia sin fin…con los ojos cerrados y pensando en ti.

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